Cuento/Español
EL DIA DE SAN NUNCA
Publicado
en Argentina (Quince
Cuentistas Brasileños de hoy (Editorial Sudamericana/1979) y México (La
Semana de Bellas
Artes, 03/12/1980)
Conte/Français
NEGO
DE ROSENO L’AVAIT DIT
Cuento de Antônio Torres
Aquello era asco, el niño lo sabía. Ahora era capaz de verlo de cerca, lo veía detrás de Ias palabras, de cada una de Ias dos únicas palabras que Ia chica dijo: el asco estaba estampado en su rostro, en su perturbadora cara de espanto, en el tiritar de sus brazos erizados, como si esa extraña joven hubiera presentido de pronto Ia propia muerte. Asco de una cosa por Ia cual nadie debía sentir asco, pensó el niño, encogiéndose aun más bajo el cobertor mugriento que estiró sobre Ias piernas. EI, por lo menos, no lo sentía. Tal vez ya supiese también (o sospechaba) Ia peor de Ias verdades: era de él de quien Ia joven tenía asco y no apenas de aquello que éI dijo cuando habló de “mi hermanita lagartija”. Había dicho eso con Ia misma y tranquiIa certeza con que había hablado antes de “mi padrecito San Antonio”, señalando al santo en el nicho frente a él, su viejo compañero de todos los dias, como Ias lagartijas. Este santo era un regalo de un tío que tenía cara de santo, es decir, fue hecho por Ias manos benditas de un artesano que fue capaz de transformar una cepa de madera en un santo verdadero — y todos vieron el día en que el cura le dio validez de santo, aquel día que vino a su casa para bendecirlo.
Quieto estaba y quieto continuó. Iba a hacer lo que podía: girar los ojos (dos jabuticabas1 idiotas que revoleaban desacompasadas de un lado al otro sin Ia menor conciencia de sí mismas) para nuevamente volver a mirar hacia Ias tejas. Volvería a conversar con sus amiguitas. Y allí estaban ellas, esas perezosas, dormitando entre los tablones, ajenas a todo. Con ellas sí se podía contar. Iría a decirles que no tenía Ia culpa si Ia chica no Ias estimaba. Pero cuando Ia sangre que se agitaba en el rostro de Ia chica volviera a calmarse; él tendría que explicar mejor Ias cosas, para que su inesperada visita no fuera pensando tonterías. Las personas de Ias ciudades no son como Ias de aquí. No entienden nada de lagartijas.
Afuera había calma, ninguna señal de gente. El sabía lo que esto significaba: todos Ios hombres ya habían ido a Ia roça2. Era un día claro, completamente azul. En días así, su madre abría Ia ventana y él podía ver Ia calle. Postrado desde siempre en un catre, el niño se alegró mucho con Ia Ilegada de Ia joven y de los dos muchachos. No sabía lo que querían, pero eso no importaba. Estos tres forasteros parecían enviados por Dios para hacerle cornpañía. Iba a tener mucho que contar cuando su madre volviese.
Y así fue como Ios recibió: feliz. Feliz, feliz.
Eran extraños hasta en Ia manera de Ilegar. Primero se amontonaron junto a Ia ventana, hablando entre sí una lengua incomprensible. Después le preguntaron algo que no entendió bien. Por el modo de hablar se veía enseguida que no eran gente del lugar. Pero, a pesar de eso, llegarían a entenderse, como podría comprobar al poco rato.
— Pasen, adelante — dijo el niño, y no precisó decir nada más. La puerta estaba entornada, como siempre.
Una visita era algo bueno, viniera de donde viniera. Siempre experimentaba un placer inmenso cuando aparecía alguna. Lo difícil era saber si lo que le agradaba era solamente Ia compañía, Ia novedad de Ia presencia de alguien — niño o gente grande, daba igual — alguien dispuesto a dedicarle un poco de tiempo, por pequeño que fuera. Los que Ilegaban le traían el mundo de afuera, el desconocido y ancho mundo al que no pertenecía. Por eso absorbía cada palabra que le decían con Ia misma fe ciega con que tragaba Ia hostia que el cura metía en su boca cada año. Fue así como aprendió, desde muy pequeño, a conversar con los otros: prestando mucha atención a Ias palabras que oía, guardándolas para repetirlas más tarde, como si él mismo fuese un depósito muy hondo capaz de almecenar toda Ia sabiduría de Ia vida que otros le pasaban, naturalmente. Pero tal vez hubíera en eso también el placer de ver a Ias personas sufrir por su causa (o simular que sufrían); siempre aqueIlas miradas caídas hacia el suelo, lo no dicho y lo por decir escritos en cada cara, qué-pena-que-me-da-este-niño, pobrecito. iPobrecito! Y allí (tal vez sin saberlo) estaba su venganza, su especie particular de crueldad: verlas sufrir le Ilenaba Ia boca de saliva.
Estos tres forasteros eran diferentes. Lo miraban de frente, sin cumplidos. Le hacían muchas preguntas, a veces dando Ia impresión de que querían ponerlo en aprietos. Sacaban muchos retratos. Esa parte fue Ia que más le gustó, aquellos clics-clics rápidos y hasta graciosos, parecidos a Ia charla de Ios grillos. Cómo le gustaría tener un juguete de esos. Sólo no habló de eso porque recordó una cosa que su madre acostumbraba decir. Nunca se debe pedir nada a nadie. Hay que esperar a que ofrezcan.
Más tarde él diría que Ia chica se pareciá a una oveja, debido al color de sus cabellos lanudos. Y que uno de Ios chicos era un tipo amarillo, de ojos rasgados, y que gente así él nunca había visto antes. Y que el otro le recordaba a un vaso de leche, de tan blanco. Fue lo que su madre le contó al comisario y que éste contó después en Ia taberna, de noche, cuando el alboroto ya estaba armado. El comisario especulaba, necesitaba registrar el caso. Unos dijeron que aquel niño vivía soñando despierto. Nadie vio a ningún forastero. Otros estuvieron de acuerdo en un punto: Ios tiempos estaban cambiando. Hasta paulistas aparecían por allí. Pero no faltó quien dijese haber visto, con sus propios ojos, Ilegar y desaparecer a Ios tres dentro de una esfera rara, que más parecía un caballo de fuego y que sólo podía ser el tal disco volador.
—¡Qué disco volador ni ocho cuartos! ¡ Está diciendo idioteces!
— El disco ese es cosa del diablo, hombre.
— Quién sabe si no tiene razón. Van a ver que el fin del mundo está Ilegando. Vio una bola de fuego, ¿no?
— Con estos ojos que Ia tierra ha de comer - garantizaba el otro.
— Ustedes están diciendo burradas. Todos andan por ahí diciendo pavadas como tontos — cortó el que no se tragaba eso del disco volador —, Esos forasteros no pasar de ser unos pillos sinvergüenzas, unos marginales que no tienen nada que hacer. Si Ios agarro los pongo a todos con una azada en Ia mano para que sepan lo que es bueno.
— ¿Vamos o no vamos a agarrar a esos perros, comisario?
El primer adepto del que hablara antes también espumaba; su odio tampoco era pequeño. Exigía que se tomara alguna medida, alguna acción práctica, pedía lo que muchos querían: Ia caza urgente de los dos chicos y de Ia muchacha, que merecían el mismo castigo que Ios ladrones de gallinas.
Callado e inquieto, el comisario oía a todos. Parecía escuchar hasta los más maldicientes rezongos, el dicen-que-dicen susurrado, Ia desconfianza, esa astuta desconfianza local que tiene ojo tuerto y siempre se denuncia: ¿dónde estaba él y Ios dos soldados, que no veían nada? ¿Por qué dejaron Ia calle al descubierto como un corral sin dueño, justamente en el momento en que todos estaban en Ia roza trabajando? Jugaban a Ias damas bien sentados, damas o barajas, lo que sea; ¿era sólo para eso que servían Ias autoridades?
-Ya no tiene sentido — Ia voz del comisario parecía convencida de su propia derrota, una derrota que estaba más que clara a los ojos de Ios demás. Una voz que imploraba —, Tengan pena de mí, ¿qué puedo hacer? — pero en vez de eso dijo —: A estas horas están bien lejos. Ya ganaron el asfalto hace mucho tiempo. Además (en ese instante miró con firmeza a los hombres que estaban frente a él, como si hiciera un Ilamado a su responsabilidad)... además, ¿Cómo voy a saber quiénes son? Nadie anotó Ia chapa del coche, nadie vio a esos forasteros.
Nadie era una manera de decir. O, mejor, de dar el caso por terminado. Porque el niño tenía Ias pruebas, los datos reales que confirmaban su existecia. Bastaba creer en su relato, en los detalles que no se cansaba de repetir. Ahora su casa se Ilenaba. Nunca imaginó que pudiese ser tan visitado en un mismo y único día. Era una fiesta.
He aquí como todo sucedió:
La chica entró primero: era Ia más desenvuelta. Dijo que tenía sed. El niño pensó: vienen aquí porque quieren agua. Y mamá debe haber salido. Señaló hacia adentro, indicando Ia cocina en el fondo del corredor. Allí había un pote, que debia de estar lleno. El jarro estaba cerca, sólo había que buscarlo. No dio, sin embargo, mayores explicaciones sobre el hecho de no poder abandonar Ia cama para atender a Ia chica. Dijo solamente: — Estoy enfermo. — Casi agrega: — Estoy enfermo desde siempre. Nací así. Por lo menos es lo que me dicen. Como papá, cuando tomaba sus cachaças y se lamentaba desde su cuarto, pensando que yo no lo oía: "Y yo que necesitaba tanto tener un hijo con buenas piernas para andar y brazos para sostener Ia azada". A mamá no le gustaba: "Hombre, no digas. Cuidado con el castigo de Dios". Yo era bien pequeño cuando papá murió. ¿Habrá sido castigo?
Uno de Ios jóvenes comenzó a sacar retratos del santo en el nicho. El otro fotografiaba al niño. El preguntó:
— ¿Qué és esto?
— Una máquina fotográfica.
— ¿Y esto?
— Fotografia, retrato.
— Ah, bueno — retrato él sabia lo que era. Ya le habían contado. La cara de uno en un papel, como en un espejo. Uno mira y se ve.
Fue entonces cuando Ia chica regresó. Dijo una cosa a los dos que ellos encontraron muy graciosa. El niño no entendió Ia razón de Ia risas. Lo que ella dijo fue:
— Todo esto aquí es tan primitivo.
El niño se
quedó mirando a los tres, sin saber qué decir. Entonces ellos
dejaron de reír y
comenzaron a hacer preguntas:
— ¿Te quedas siempre así solito?
— No hay otro remedio — dijo él, pero sin amargura. Encantado como estaba, ni siquiera prestaba mucha atención a lo que decían ni a lo que le era preguntado.
— ¿No hay otro remedio?
— Así es. Mamá trabaja. AI mediodía viene para darme Ia comida y después se vuelve a ir.
— ¿Viene exactamente al mediodía? — el que hizo esta pregunta miró el reloj. Dijo a los otros —: ya son Ias once. Tenemos poco tiempo.
— Más o menos — informó el niño — cuando el sol esté en el cenit.
— Calma — dijo Ia joven al muchacho que dijo Ia hora —, Hay tiempo. — Y, volviéndose al niño: — ¿No tienes miedo de quedarte aquí solo? ¿No tienes miedo de Ios ladrones?
— ¿Ladrones? Aquí no hay.
— Porque no tienen nada que robar, ¿no es así?
— Creo que sí.
La chica quiso saber dónde trabajaba su madre.
El niño dijo:
— En Ia roza. Está plantando fríjol. — Y añadió: — Pero ella es rezadora.
Entonces Ia chica preguntó:
— ¿Qué es eso?
El niño sonrió. Ahora, sí, estaba verdaderamente excitado. Tanto que se lamía Ias comisuras y se fortaba Ias manos, apretaba una contra otra, restaIlaba los dedos. ¿Así que había algo que esa chica no sabía? ¿Así que él ahora iba a poder dar una lección a esos sabiondos? Lo haría. Ninguno de ellos sabia lo que era una rezadora. Se confundían, hablaban de gente que vive rezando.
— Se puede decir — explicó el niño —, que Ia gente que reza es rezadora. Pero, en realidad una rezadora es otra cosa. Ojalá que mamá llegase pronto para darles un ejemplo.
Qué cosa extraña, pensaba. No saber una cosa tan simple: que rezar en casa y en Ia iglesia es una costumbre del pueblo, de todos Ios de aquí, gente devota todo el año. Una cuestión de fé. Los tres visitantes parecían demostrar que Ias personas de las ciudades no tienen esas costumbres. Pero rezar a gente, ganado y pájaros enfermos es bien diferente. Es una forma de ganar un sustento, un ofício. Su madre no era apenas una rezadora. Era Ia única rezadora de esa región, siempre caminando de un lado al otro con tres gajos de ruda detrás de Ia oreja, siempre intentando socorrer a un infeliz, a un desengañado. Ella Ilegaba a Ia casa del enfermo, pedia un recipiente de barro, mojaba Ia ruda en el agua e iba rezando y balanceando los gajos de ruda en torno al cuerpo del moribundo. Si al final del rezo Ios gajos estaban marchitos era señal de que el enfermo iba a mejorar, su enfermedad era, seguro, mal de ojo y estaba pasando de él para Ias hojas. Su rezo era siempre el mismo y más importante que éste eran los poderes de Ia rezadora y Ia fé del rezo. Sí, sin esa fé no se lograba nada. (Aquí el niño imita a Ia madre y reza:)
Con dos te tiraron
con tres yo te tiro
con piernas de grillo
desde su retiro.
Es de metetéia
es de manenanha
que este niño quede bueno
de hoy para mañana.
Chasqueó
Ios dedos en el aire, como hacía su madre al terminar el
rezo. Ese era el gesto que
espantaba el mal.
EI rezo transfería el mal del cuerpo a Ios gajos de ruda y el chasquido de los dedos sacudidos en el espacio lo hundía bien enterrado bajo el suelo.
— Mamá me reza todos Ios días — dijo el niño, satisfecho con todas Ias explicaciones que lograba dar.
— Y a pesar de eso... — Ia chica no completó la frase, pero él adivinó el resto: Y a pesar de esto continúas así. Ella dijo outra cosa rápidamente, para arreglarlo —: ¿Realmente crees en eso, tienes fe?
Como si no hubiese oído esa parte de la conversación, él volvió a imitar a la madre:
— Que este niño quede bueno de hoy para mañana (rió). Pienso que mañana es el dia de San Nunca.
— ¿Qué es eso de metetéia y de manenanha? — Ia joven era quien hablaba. Los dos muchachos, Ia mayor parte del tiempo, sólo se preocupaban por sacar retratos.
— No sé. Creo que nadie sabe. No hace falta saber qué significan Ias palabras del rezo. Basta tener fe.
— Entonces ten fé — dijo Ia chica, riendo.
A él le gustó Ia sonrisa. Los dientes de Ia chica eran blancos, muy lindos.
Los dos muchachos hablaban entre ellos, bajito. Debía ser algo sobre Ia hora. El muchacho muy blanco, de color de leche, sacó el santo del nicho. Miró a Ios otros compañeros, miró al niño. Después fue levantando el santo con Ias dos manos, despacito. Lo levantó hasta donde alcanzaron sus brazos, por encima de Ia cabeza. El amariIlo de ojos rasgados, aplaudió:
— Viva el Campeón del Mundo. La Copa es nuestra.
El niño se quedó mirando al santo allí arriba, en Ias manos del joven. Dijo:
— Reza, hijo mío, reza. El padrecito San Antonio va a ayudarte. Mamá me dice eso siempre cuando sale de casa. Y yo rezo todo el dia. Mi padrecito San Antonio me va a ayudar.
— Claro que te va a ayudar — dijo el blanco, bajando al santo. Y a Ios dos compañeros —: extrañísimo, ¿no?
El niño se sintió orgulloso de esa observación. Era un elogio al santo, o por lo menos él lo interpretó así.
— Todo tan primitivo — repitió Ia chica, balanceando Ia cabeza y mordiéndose Ias comisuras. Parecía en desacuerdo con algo que el niño no llegó a adivinar qué era.
El amarillo de ojos rasgados rió de una manera bestial, era una risa de loco, un ra-ra-ra-r-a seco, de quien se reía sin encontrar Ia gracia.
— ¿Qué estás mirando allá arriba? — Ia chica corrigió la pregunta com outra —: ¿No te importa que te tengan al santo?
— Estaba conversando con mi hermanita. Estaba diciéndole: Les gusta el santo, hermanita. A ellos también Ies gusta el santo.
— ¿Hermanita?
— Sí, mi hermanita lagartija.
Fue entonces cuando Ia joven hizo aquella cara horrible, el asombro de Ia gente pacata, que tiene miedo de todo. Y dijo:
— ¿Lagartija? ¡Uy!
Ahora el
niño sólo lamentaba el poco tiempo que se quedaron. Fue un
buen rato, es verdad,
pero con tanto para conversar Ias horas volaron y ellos se
fueron. Tenían que ir
muy lejos. Una pena. Quería explicar mejor lo que
pensaba de Ias lagartijas y
contarles bien todas Ias conversaciones que tenía con ellas.
Menos mal que
prometieron volver un día. — ¿Volverán, realmente,
mamá? Rece para
que vuelvan.
— Sí, hijo mío, voy a rezar. Tienen que volver.
- Cálmese, Donana. Dios Ia está mirando.
- Es verdad, éste es mi consuelo. Dios está mirando. Tendrán que acabar en Ias profundidades de Ios infiernos.
La vida de Donana era tal como su hijo Ia contó. Plantar fríjol en Ia roza de Ios otros, cuando el invierno Ilegaba, y rezar para Ios otros, siempre que hubiese algún ser viviente necesitado de un rezo. Una vida miserable, vivida a cambio de un poco de fríjol y de harina, cualquier cosa para comer. Y una queja. Una queja del tamaño del mundo contra Dios que le dio un hijo así, un niño paralizado en un catre desde pequeño y condenado a continuar así hasta el fin de sus días. Si Dios velaba por todos, ¿por qué no velaba por ella? Velaba. Había siempre un trabajo u otro, nunca había pasado hambre. Daba gracias a Dios por ello. Esa buena gente campesina eran gente de Dios siempre tenían piedad de ella. Todos compartían su dolor. Sin embargo, había un dolor mayor, y ése nadie podía sacárselo. Era Ia pena que sufría por su finado marido, aquella espina atravesada en Ia garganta, hiriendo, ahogándola. Nunca se pudo librar de eso y ya no podía seguir creyendo más en que el tiempo lo cura todo. Este tormento era como un golpe en Ia memoria, aquel recuerdo tan doloroso de sus peores días. El marido era un borracho, y un borracho es un tonto: no sabe lo que dice. Sabía muy bien que él se había desgraciado con Ia cachaça, destrozado hasta morir porque no soportaba mirar a aquel hijo, no aguantaba verlo en aquellas condiciones. Y era cayéndose de borracho cuando se le ocurría inventar cosas, unas locuras que más parecían inventadas por el propio diablo.
- Mujer, eres una excomulgada - acostumbraba a decir el marido -. Porque sólo una criatura excomulgada puede parir una infelicidad así.
La voz del pueblo intentaba conformarla, pedíale caridad para su desorientado marido:
- Ha perdido el juicio, Donana. Reza por él. Ten compasión.
Este día, no obstante, al saber lo sucedido - Ia historia de Ios tres forasteros - ella salió a Ia calle, arrancándose Ios cabellos. Perdió Ia paciencia. Ahora sollozaba, bramaba, insultaba a Dios y al mundo:
- Así no se puede creer en nada.
Y una duda empezó a formarse en Ia cabeza de muchos:
- ¿Habrá perdido el juicio ella también?
Pero fue a partir de sus gritos cuando todo el lugar entró en pie de guerra. Donana agarró al comisario por el cuello:
- ¿Dónde estaba usted, dónde estaba usted? - Escupió en Ia cara de los soldados: -¿Y ustedes, señores flojos? ¿Adulando a fazendeiros, ocupándose del ganado ajeno? Ustedes entregaron a mi hijo a Ios perros. ¿Piensan que es un perro sin dueño? - Donana ya no era una mujer, ni siquiera una rezadora: era un nido de insultos. Su boca vomitaba piedra.
- ¿Y usted, miserable, tampoco vio nada? - era lo que ella iba lanzando a Ia cara de cualquiera hasta cansarse, rendirse y comenzar a explicar Ias cosas bien. Nadie sabía nada, era Ia verdad. Ahora todos querían saber realmente lo que había pasado.
Cundió Ia excitación:
- Esto sólo puede ser arte de Satanás.
- ¡Vamos, arte de Satanás! ¡Arte de vagabundo! ¡Arte de sinvergüenza descarado!
- Lo vi, juro que lo vi. Era una bola grande, que Ilegaba a aturdirme. Estaba Ilegando de Ia roza y me quedé parado, sin poder ir ni para adelante ni para atrás. Pensé que era el sol que se había caído. Después Ia bola desapareció. Casi me desmayo. Hasta creí haber perdido el habla. ¡Qué susto! Créanlo si quieren, lo vi. Y soy capaz de jurar que era el tal disco volador.
- ¿Por qué entonces no te subiste y volaste con ellos a San Pablo? ¿No vives diciendo que quieres ir a San Pablo?
- No me creen no hay caso.
- Vino um tipo ahí diciendo que vio algo muy raro en la carretera. Un coche a toda velocidad, con los faroles encendidos, y cuando se acercaba desapareció.
- Oiga, comisario. Aún están cerca. ¿Las balas de su fusil pegan en coches encantados?
- Si continuán con esta tomadura de pelo, meto a todo el mundo preso - el comisario se irritaba. Estaba a punto de explotar.
- Va a poner a Ias personas equivocadas, comisario.
- En vez de hablar de todas estas estupideces, ¿por qué no tomamos alguna medida?
- Tómela usted, ya que está tan interesado - dijo el comisario -, Tiene mi consentimiento.
- Vamos, comisario, ¿quién es Ia autoridad?
- ¿Me puede explicar cómo un comisario puede capturar un disco volador?
- Mandando buscar otro disco volador. En Ia capital debe haber docenas de ellos.
- ¿Quién comenzó esta conversación cretina del disco volador?
- Yo. ¿Por qué?
- Ah, fue usted. Ahora comprendo. Así lo creo.
- Puede creerlo, realmente.
- Lo creo, ya le dije.
- Ustedes no creen porque son unos ignorantes. Nunca oyeron "La Voz del Brasil". Pero yo Ia oigo. Todas Ias noches. Y me entero de todo lo que existe. El disco volador existe.
- ¿Sabe lo que pienso? - cortó el que quería paz - pienso que si Humberto de Tote Vieira estuviese aquí nada de esto habría pasado. Ya habríamos arreglado a esos bandidos.
- ¿Y quién es ese tal Humberto, que yo no lo recuerdo?
- Es un hijo de esta tierra que vive allá en el sur. Trabaja en Ia televisión. Es él quien entrevista a Mao-Tsé-Tung cada vez que Mao-Tsé-Tung viene a pasear a Copacabana.
- ¿Y quién diablos es ese Mao-no-sé qué? ¡Ochi!
- ¿Se da cuenta? Aquél tiene razón. Ustedes no saben nada porque no óyen "La Voz del Brasil".
- ¿Y qué es lo que habría hecho ese Humberto?
- Pues hubiera dado Ia noticia por Ias radios y Ia televisión y entonces Ios policías, más adelante, podrían haber cercado a Ios paulistas. ¿Ustedes no saben que Ias carreteras tienen barreras? Es en Ias barreras donde se captura a Ios fugitivos de Ia policia.
- ¿Es verdad eso, comisario?
El no respondió. Quería poner punto final al asunto, pero no sabia cómo. La gente de aquí es así: cuando se mete con algo sigue con eso hasta el resto de su vida. En este lugar nunca pasó nada que diese trabajo a Ia policía. Sucede Ia venida de estos tres forasteros. Para desgracia del comisario. El pueblo reclama, pide justicia. El pueblo le echa la culpa a él. El comisario está a punto de volverse loco. Amenaza retirarse. Querría desaparecer de la mirada de esa gente. No permiten su salida. Siempre tan dueño de sí mismo, señor de sus actos, el comisario es ahora um esclavo de todos. Piensa: “Que mierda. Por culpa de tres paulistas desocupados y de un niño inválido. Una tempestad en un vaso de agua”.
- No se vaya aún, doctor. Queremos ayudarle.
- ¿Ayudar en qué? Les agradezco mucho la buena intención pero no necesito ayuda.
- El caso, comisario, es que Ia madre del niño está con el seso flojo. Dice que mañana va a Ia capital. Va a quejarse de usted ante el Gobernador. Y va, realmente. Ya consiguió hasta el dinero prestado para hacer el viaje.
- Déjela que se vaya. ¿Qué puedo hacer?
- Puede detener a esa vieja, ¿no? Puede prenderla hasta por desacato a Ia autoridad. ¿No lo insultó en Ia cara de todo el mundo? Métala en Ia cárcel y no va.
El consejo era malicioso y el comisario lo sabía. Ahora le peparaban una celada.
- Eso es un absurdo - intervino uno de Ios hombres, dispuesto a todo -. ¿Los sinvergüenzas sueltos y Ia madre del niño en Ia cárcel? EI pueblo se va a subleva
- Yo ya estoy sublevado - dijo el del disco volador -. Toda esta conversación es lo que me está sublevando. Cuanto más hablamos más lejos huyen. Y nadie hace nada
- ¿Quién fue el que habló de Humberto de Tote Vieira?
- Yo.
- Entonces, ¿por qué no le pone un telegrama? Tal vez solucionara Ias cosas. Quiero decir eso de dar Ia noticia por televisión.
- ¿Un telegrama? Está soñando. Sólo se pasan telegramas a 15 leguas de aquí. En este agujero hasta Ias cartas sólo salen cada ocho días. No me diga que no sabe eso.
- Sólo estaba dando una idea.
- Con ideas así, ¿sabe lo que tiene usted que hacer?
- Calma, calma - dijo el comisario - el primero que abra Ia boca sobre este asunto va preso. Estoy hablando en serio. Meto a todo el mundo en Ia cárcel. Y el que me falte al respeto...
- Dígalo, comisario, recibe una bala. El que me falte al respeto recibe una bala. Diga eso con su propia boca.
- Eso mismo, el que me falte al respeto recibe una bala. Paso por Ias armas a todo el mundo - el comisario repitió Ia amenaza unas tres veces, tal vez para tener Ia seguridad absoluta de que era lo que le quedaba por hacer. Y a todos les pareció ver Ia plaza en guerra, Ia vieja plaza harapienta, pobre y quieta que dormitaba hacía más de un siglo, porque nació en el sosiego y parecía que en él vivirá hasta el fin del mundo. Iba a ser terrible. Pocas horas antes nadie hubiera pensado en Ia posibilidad de una batalla en ese lugar, y ahora esa batalla estaba a punto de estallar, para nuestra propia sorpresa. La escena era confusa, como un sueño. De um lado el comisario y sus dos soldados, tirando al azar. Del outro, hombre, mujeres y niños com sus perros, piedras, palos, hondas, escopetas. El comisario y sus dos soldados eran pocos, pero iban a dar mucho trabajo. Sus armas eran más peligrosas, todos lo sabían. Pero no hubo guerra, al menos no fue esta vez cuando estalló. Y no Ia hubo por una razón muy simple: el comisario se retiró, sin dar mayores explicaciones. Probablemente a Ia cama, a contar carneritos hasta que rayara el sol.
EI niño, por su parte, contaba y recontaba:
- Pero, al final el que parecía un vaso de leche dijo a la joven: Siéntate al lado de él. Ella se sentó a mi lado. Pon el Santo en su mano. Ella me dio el Santo. Abraza al santo. Abracé al santo. Pon Ia mano en su hombro, abrázalo. La chica me abrazó. Bien. Sonríe. Bien. Y para mí: tú. Y dijo: ahora los dos, cada uno al lado de él. Y el amarillo: ahora deja que yo haga una tuya. Y el blanco de leche vino a mi lado, primero solo, después con Ia chica. Y fue así muchas veces, me daban eI santo, me sacaban el santo, y Ia chica preguntaba: ¿Cuantos placas quedan? No gasten todas. Y el vaso de leche parecía no oír, sacaba, sacaba y sacaba, cómo le gustaba tomar retratos. Y ya cerca del fin aún giró aquella cosa negra y larga hacia el tejado y dijo: ahora le toca a tu hermanita, pero a Ia lagartija pareció no guastarle y salió corriendo, hasta treparse a Ia pared y desaparecer.
"Ellos hacían todo muy de prisa en este momento. No daba tiempo para explicarles que a veces pienso que Dios fue más justo con Ias lagartijas que conmigo. Porque me dio estas dos piernitas de lagartija pero Ias lagartijas andan y yo no. Yo quería decirles que estaba loco porque mamá Ilegase, quién sabe si nos daría café y dulce de leche. Eso era lo que me dejaba triste: ellos aquí y mamá tan lejos.
- “Y uno dijo (el muy blanco, otra vez, clic, clic; y, hablando rápido): Volveremos. ¿Cuándo fue que dijiste? ¿EI dos de febrero? La fiesta de Ia Patrona. La iglesia abierta todo el tiempo. No nos vamos a olvidar. Vamos a traerte muchos regalos, ¿oíste? Muchos juguetes. Eres un chico estupendo, derecho. Hablaban así, era su estilo. Entonces tomó el santo de nuevo y dijo: ¿me lo das? Volveremos y te vamos a traer mucho juguetes. Nos Ilevamos al santo, ¿eh? Y aquello de allí también, ¿eh? Y entonces dio el santo a Ia chica y dijo: Ilévalo tú, y Ios dos cargaron con el nicho, con Ia lamparilla encendida y todo, el olor de Ia mecha quemada en el aceite, y yo dije: cuidado, si no Ia mecha se apaga, y ellos salieron casi corriendo, sin mirar atrás.
“EI dos de febrero aún está muy lejos, ¿verdad, mamá? Aún estamos en el mes de abril, ¿no fue lo que usted dijo? Menos mal que el dos de febrero no es el Día de San Nunca.
“¿Sabe lo que pienso, mamá? Que ellos deben ser los tres reyes magos. Pero está Ia chica. Bueno, puede haber muerto un rey mago y Ia chica entró en su lugar, para continuar siendo tres. ¿Tendré razón, mamá?
Nadie dijo nada acertado ni erróneo, nadie pensó en lo más probable o en lo más equivocado - comentaba un hombre, intentando asentar el polvo de esos ánimos tan endiablados. Fuera del niño, que se mantenía alegre, calmo y soñador como siempre, el resto era Ia confusión, ya próxima (o tal vez más allá) de un delirio. Pero el motor de Ia luz será desconectado dentro de poco y Ia oscuridad devolverá de nuevo a los hombres a sus sueños. Quedará el abatimiento, el deseo de venganza. Y eso no entra en Ios sueños. Entra en Ias pesadillas. Con certeza, esta será una noche de pesadillas. Este hombre, sin embargo (no el último en hablar, dígase) se siente con el derecho a unas palabras esclarecedoras. Dijo:
- Vamos, vamos, ¿ese niño necesitaba al santo? Lo que necesita son piernas para andar.
Por un momento, Ios otros llegaron a concordar. Era eso mismo. Pero cuando todos reflexionaban y coincidían, otro hombre lanzaba un nuevo rayo, caliente como una brasa:
- Muy bien, usted tiene razón. Pero el caso no es el santo. EI caso es el robo.
Dicho esto fue saliendo despacito. Quería conversar un poco con el tío del niño, antes de que Ia luz se apagase. Y mientras Ia luz estuviese encendida, ese tío continuaria allí, en su taller, olvidado en su rincón.
Y fue así como el hombre lo encontró: torneando pacientemente un soporte — para otro santo. El tío trabajaba y rezaba:
el pueblo fiel
EI hombre gritó desde Ia ventana:
— ¡Señor artesano, señor artesano! ¡Robaron el santo del niño!
Sintiéndose interrumpido, el tío recomenzó el rezo:
Loando a María
el pueblo fiel
El hombre piensa que él no oye. Insiste:
— ¡Señor artesano, señor artesano! ¡Robaron el santo del niño!
El tío volvió a recomenzar:
Loando a...Paró. Su cara confundida parecía que se fuera a despegar del cuerpo y a volar por el espacio, camino del infinito, camino del cielo. ¿No era allá donde ese viejo beato iría cuando muriese? Todos lo sabían. El era un santo entre los vivos, el lado de allá de esta vida desgraciadamente terrena. Y el tio, con sus viejos anteajos remendados y suspendidos en Ia cabeza Ilena de pliegues abrió Ios pulmones, abrió Ia desesperadora puerta de un infierno jamás sospechado. Y dijo, con toda Ia fuerza de su alma, como un trueno, un ronquido, un pedo de Satanás:
— ¡Putaqueloparió!
Era un eco capaz de hacer reventar al mundo, pensó el hombre siguiendo su destino, bajo Ias estrellas. Ya no entendía nada.
_________________________
1
Jabuticaba: fruto de la jabuticabeira, redondo y negro,
parecido al grano de uva.
2 Roça:
terreno de labranza.
* Publicado en
Argentina (Quince Cuentistas Brasileños de hoy
(Editorial Sudamericana/1979) y México (La Semana de Bellas Artes,
03/12/1980).
NEGO
DE ROSENO L’AVAIT DIT
Antônio Torres
— Fiston, donne-moi Ia pièce.
— Pourquoi veux-tu de l’argent, hein? lui répondit l'enfant.
— Donne-moi une pièce pour boire un coup.
— Tu ne vas pas bosser? Papa t'attend.
— J’y
vais, mais je veux boire un coup.
— Bois-en deux et roule sous Ia table, dit-il en glissant deux pièces au bonhomme avant de le quitter.
— Que Dieu te le rende au centuple, fiston.
C'était un mardi et toutes les festivités avaient pris fin — le seul rescapé était cet ivrogne qui depuis le lever du jour ne tenait plus debout.
Finis Ia messe, le marché, les étalages, les brioches. La rue était redevenue ce qu'elle avait toujours été: elle n'était plus que solitude.
L'enfant l'avait compris en se réveillant. Il était seul. Comme le curé, chacun avait regagné son lopin de terre et sa baraque misérable, ces constructions mises bout-à-bout s'étalaient sur plus de sept lieues à l’entour. Même l’oncle Ascendino, le dernier des pèlerins (l’ivrogne ne comptait pas), avait abandonné son poste et était retourné à sa menuiserie. Il ne restait plus à I’enfant qu'à prendre le chemin de Ia maison. La solitude, ce n'était pas le pire. Le pire, c'était Ia faim. Ainsi, tout en se frottant les yeux chassieux, l’estomac creux, il se dirigea vers le magasin de Josias Cardoso. Il allait acheter un pain ou une galette de maïs. Il pouvait acheter tout ce qu'il voulait, les trois billets que le curé lui avait donnés suffisaient amplement. Mais il faisait attention. Là-bas, son père l'attendait avec Ia houe.
Heureusement il n'était pas le seul rescapé avec l’ivrogne et le patron du magasin. Il y avait aussi Nego de Roseno et sa carriole devant le bric-à-brac. Ce véhicule, tel un antre obscur rempli de sous, était surtout le seul engin motorisé dont le village de Junco pouvait s'enorgueillir — Ia juste récompense pour un homme qui avait passé toute sa vie à transporter sa marchandise à dos d'âne. L'enfant, lui aussi, était fasciné par Ia réussite de Nego et il l’enviait mêrne de pouvoir, quand bon lui semblait, aller et venir avec ce petit camion qui malgré les pannes et les enlisements finissait toujours par atteindre son but. Et c'était peut-être cette admiration qu'il aurait voulu manifester à ce moment-là. Immobile dans ce bric-à-brac comme s'il était un de ces colis que Nego de Roseno essayait de déplacer, l’enfant admirait Ia maníère délicate dont cet homme énorme et dégingandé rangeait les flacons de parfum sur les rayons. Alors Nego de Roseno s'adressa à lui. Voulait-il quelque chose? Certainement. Cette chemise-là, c'est combien? Elle coûtait plus que l’argent qu'il avait, mais Nego de Roseno Ia lui laissa tout de même: — Ton père est un bon client, dit-il. — Je vais te faire une remis.
Son père! Et maintenant il devait inventer un bon mensonge qu'il raconterait chez lui. Pourquoi as-tu tellement tardé? Parce que...
Il recevrait
peut-être une raclée.
Mais il avait deux pains dans une main et une chemise dans l’autre — et pour l’instant, c'était ce qui comptait. Un maillot de corps blanc, sans manches (différent, moderne), Ia première chose qu'il achetait avec son argent à lui. De plus, il n’avait pas fait mettre les deux pains sur le compte de son père comme il le faisait d'habitude. Malgré tout, sa joie ne l’emportait pas sur sa peur. Aussi pourquoi avoir tant tardé?
Lorsqu'il arriva
à Ia menuiserie, l’oncle Ascendino était encore en train de chanter des
cantiques.
Ce vieil homme solitaire passait son temps à prier et à
maudire l'Union
Démocratique Nationale, un repère de communistes. L'oncle
Ascendino s'arrêta de
chanter, abandonna son herminette, ajusta ses bretelles et lui montra
un petit camion
bleu. — Je l'ai fait pour toi. Aimes-tu le bleu?
L'enfant offrit un pain à l‘oncle qui en profita pour faire le café. En attendant, comblé par le cadeau, il changea de chemise.
— Elle est seulement un peu trop large, opina l’oncle Ascendino. — Mais ça ne fait rien. Une fois lavée, elle va rétrécir. Et puis, tu es en train de grandir.
Oubliant le temps, Ia houe et Ia raclée éventuelle, l’enfant parla longtemps avec son oncle comme avec un bon ami.
— Ce pays ne vit que lorsqu'on y dit Ia messe, n'est-ce pas ?
— C’est vrai, dit l’oncle Ascendino. Mais c'est bien dommage que ça n’arrive qu'une fois ou l’autre. Nous avons besoin d'un prêtre qui habite ici et qui célèbre Ia messe tous les dimanches au moins.
— Je suis d'accord.
— Et toi, quand pars-tu au séminaire?
— Je ne sais pas du tout, mon oncle.
— Quand je te vois servir Ia messe, tout beau, je demande à Dieu Ia grâce de te voir un jour en soutane. Ce serait le plus grand orgueil du pays. Mais peut-être que je ne vivrai pas assez longtemps pour ça.
À une certaine heure, on entend à Junco, venant de l’autre bout du monde, le gémissement du char à boeufs. Entre onze heures du matin et trois heures de l'après-midi, le soleil tremble et les cigales elles-mêmes s'arrêtent de chanter. L'enfant continuait son chemin en prenant garde aux trous. Attentif au bruit des roues du petit camion qu'il poussait avec une fourche.
Le cadeau de l’oncle servit aussi d'excuse pour son retard. Mais on ne lui pardonna pas d'avoir donné tout son argent pour une chemise qui ne valait pas un sou. Espèce d'idiot. Imbécile. Son père lui donna un ordre: Retourne là-bas et rends donc ça. Rapporte l’argent.
Il fallait sortir à nouveau. Il n'y avait pas d'autre solution. En chemin, il demandait à Dieu de jeter devant lui les trois billets qu'il avait reçus du curé et qui se trouvaient en possession de Nego de Roseno. Si cela se passait, il jetterait Ia chemise et il regagnerait leur maison sans avoir à affronter le propriétaire du bric-à-brac. Quelle humiliation, devoir revenir sur une affaire qu'il avait conclue de son propre chef. Si Dieu ne venait pas à son secours, ce n’est pas Nego de Roseno qui le ferait. Les yeux en larmes, il demanda de l’aide à Dirce qui ne bougea pas. Il implora Neguinho, celui qui un jour était tombé devant lui, en plein milieu de Ia rue, saisi par une crise d'épilepsie. En vain. Qu’avait-il dans le ventre? demandait Nego de Roseno. Il achetait quelque chose puis il s'en repentait! Et par-dessus le marché, Ia chemise était pleine de sueur. À Ia maison, ce qui l'attendait maintenant, c'était non seulement le travail mais encore une nouvelle bordée d'injures et des humiliations. Et cet incident allait troubler son sommeil pendant une bonne partie de sa vie.
Comme le jour où
Neguinho se jeta dans le vieux réservoir pour se venger d'une giffle
que son père lui
avait donnée et se noya. Dans ses rêves, l’enfant revoyait
Neguinho à terre
en train de se débattre et de baver. Ses yeux révulsés
semblaient implorer au
secours. L'enfant avait beau prier pour le repos de l'âme de
Neguinho, cette scène
se répétait des nuits d'affilée.
Il ne tint
l'affaire pour close que bien plus tard lorsque Ia chemisette déchirée
était devenue
inutilisable.
Un soir, son père rentra un peu plus tard de Ia rue et se mit à parler avec sa mére. Il commentait ce que des compagnons avaient dit sur son petit. — J’étais avec Josias, le compère Zéca et Nego de Roseno. L'enfant prêta l’oreille. Ils n'avaient pas encore oublié l'affaire:
— Alors Nego
de Roseno nous a dit: ça fait plaisir de l’entendre parler,
ce garçon.
C’est un homme, avait-il conclu. Et tous les autres avaient
dit Ia même chose.
Maintenant, oui, son père était fier de lui.
Son fils était un homme, Nego de Roseno l'avait dit.
Traduction: Mario Carelli